Introducción
Este
artículo indaga las implicancias psicosociales, culturales y éticas
de la segregación lingüística en infancias migrantes de origen
indígena, radicadas en zonas vulnerabilizadas del conurbano
bonaerense. A partir del análisis clínico de manifestaciones
sintomáticas en el habla, se examina cómo la invisibilización y el
rechazo hacia lenguas originarias -como el quechua, el aymara y el
guaraní- configuran formas de violencia simbólica que afectan la
constitución subjetiva y obstaculizan el acceso a derechos
fundamentales.
La
práctica psicoanalítica con población migrante evidencia mandatos
familiares de renuncia al lenguaje heredado, así como la
reproducción institucional de lógicas clasificatorias sustentadas
en criterios universalizantes. El uso de rótulos diagnósticos como
"trastorno" o "retraso" instala trayectorias clínicas que
tienden a desubjetivar, clausurando posibilidades de elaboración
simbólica y afectiva.
Frente
a este escenario, se propone la Bioética de Protección (Schramm y
Kottow) como marco alternativo de intervención, orientado a la
autonomía, la justicia distributiva y la escucha intercultural. Esta
perspectiva cuestiona el saber científico hegemónico y promueve
prácticas sensibles a las trayectorias migratorias, los saberes
ancestrales y la singularidad lingüística.
El
derecho a la palabra, entendido como expresión legítima de cultura,
deseo y pertenencia, se reivindica como eje ético y político para
la construcción de dispositivos inclusivos en salud mental,
educación y atención social.
Subjetividad
migrante, síntoma y violencia lingüística
La
inmigración no puede reducirse a un mero desplazamiento geográfico
o económico; constituye una experiencia subjetiva que tensiona los
vínculos entre pertenencia y exclusión, entre el deseo de ser
reconocido y la imposibilidad de ser nombrado en el sistema de una
lengua dominante. En este marco, el síntoma adquiere una dimensión
social inseparable de las coordenadas históricas, culturales y
políticas que configuran la constitución del sujeto. No se trata de
un fenómeno clínico aislado, sino de una inscripción que, en
contextos de desplazamiento forzado o exclusión estructural, puede
quedar fracturada.
En
Psicología de las
masas y análisis del yo
(1921), Freud señala que el lazo grupal sostiene el narcisismo del
yo mediante identificaciones compartidas. La exclusión de estas
tramas genera desamparo psíquico, intensificando el sufrimiento y
dificultando los procesos de simbolización. La obra freudiana
concibe el lazo social como condición estructurante de la
subjetividad: el yo se constituye a partir de lo parental y lo
cultural, que operan como protección y exigencia. En
El malestar en la cultura
(1930), Freud sitúa este vínculo bajo una tensión constante, que
en el caso de las migraciones se exacerba. El sujeto migrante
enfrenta la pérdida del entorno simbólico originario y la exigencia
de adaptación a un nuevo orden cultural que lo rechaza o ignora.
Esta doble presión obstaculiza la inscripción simbólica, impide el
reconocimiento y activas zonas pulsionales no simbolizadas. De allí
la necesidad de construir coordenadas teóricas que permitan leer
estas incidencias a través de formaciones sintomáticas, como
huellas inconscientes de lenguas maternas indígenas.
La
segregación lingüística intensifica el malestar psíquico,
generando experiencias de desubjetivación y pérdida de referentes
simbólicos. Kristeva (1988) propone la figura del extranjero como
metáfora del sujeto en reconfiguración identitaria. La
extranjeridad no remite solo a una posición social, sino también a
una dimensión interna: el encuentro con lo extraño en sí mismo. El
lenguaje, lejos de ser un mero instrumento comunicativo, constituye
el espacio donde se juega la posibilidad de elaboración psíquica,
de acceso al deseo y de inscripción simbólica. Cuando este acceso
se ve obturado -por discriminación, exclusión o imposibilidad de
traducir la experiencia- el síntoma emerge como expresión de la
fractura entre el ser y el decir.
El
análisis clínico de niños y niñas migrantes permite rastrear cómo
las lenguas indígenas -quechua, aimara, guaraní- no son simples
medios de habla, sino matrices simbólicas que inscriben historia,
deseo y pertenencia. El desarraigo y la segregación afectan tanto a
las infancias como a sus familias, portadoras de otras culturas y
lenguas, donde operan mecanismos de ocultamiento, rechazo y
denegación. La transmisión lingüística implica una inscripción
afectiva y cultural que vincula al sujeto con su comunidad, su linaje
y su imaginario. Sin embargo, los adultos enfrentan una tensión
entre el deseo de preservar y la presión por ocultar, producto de
exigencias institucionales que imponen la adaptación al modelo
hegemónico. Esta disyunción se manifiesta en enunciados que niegan
activamente lo heredado, generando efectos subjetivos
transgeneracionales: silencios, borramientos identitarios, síntomas
que condensan lo no dicho.
Para
Kristeva (1988), la migración reactualiza la extranjeridad
estructural del sujeto: esa zona interna no simbolizada que se
confronta con el orden normativo del Otro social. Las lenguas
indígenas operan como territorios simbólicos que no encuentran
inscripción en el discurso dominante; su negación representa una
pérdida no solo de identidad, sino de posibilidad de elaboración
psíquica. Reconocer esta dimensión implica habilitar una escucha
clínica que no patologice la diferencia, sino que la acoja como
forma legítima de resistencia simbólica frente a la violencia de la
uniformización cultural.
La
transmisión lingüística se ve tensionada por mandatos
institucionales que promueven la adaptación al modelo hegemónico,
generando en los adultos una disyunción entre el deseo de preservar
y la necesidad de ocultar. Esta fractura se manifiesta en enunciados
que niegan activamente lo heredado, produciendo efectos subjetivos
transgeneracionales: silencios, borramientos identitarios y síntomas
que condensan lo no dicho. En este contexto, la migración
reactualiza lo que Kristeva (1988) denomina la extranjeridad
estructural del sujeto: una zona interna no simbolizada que se
confronta con el orden normativo del Otro social. La negación de las
lenguas indígenas representa, entonces, una pérdida doble: de
identidad y de posibilidad de elaboración psíquica.
La
escucha clínica habilita la emergencia de estas formas de decir
desplazadas, reconociéndolas no como fallas, sino como expresiones
legítimas de resistencia simbólica frente a la violencia de la
uniformización cultural. L. y R. Grinberg (1989) advierten que la
experiencia migratoria implica rupturas en la continuidad
identitaria, generando duelos múltiples -por la lengua, la
cultura, los vínculos- que requieren de un encuadre clínico capaz
de alojar su simbolización. En esta línea, el objetivo terapéutico
de una clínica psicoanalítica intercultural consiste en reconocer
las defensas que se activan frente al desarraigo -como el
retraimiento, la negación o la escisión- y ofrecer un espacio
donde el sujeto pueda reconstruir una narrativa que incluya su
extranjeridad sin patologizarla (White y Klingenberg, 2020).
Desde
esta perspectiva, se propone una ética de la hospitalidad simbólica,
donde el entrelenguas, la extimidad y las marcas de lo ajeno puedan
ser nombradas y alojadas. El síntoma deja de ser leído como
anomalía para devenir vía de acceso a lo excluido, a lo no dicho y
a aquello que resiste su integración, señalando los límites de la
identidad y las zonas de opacidad desde donde el sujeto intenta
narrarse en sus propios términos.
Lengua,
exclusión simbólica y genealogía del sufrimiento
La
dicotomía entre lengua materna y lengua dominante constituye una vía
privilegiada para interrogar los procesos de exclusión simbólica
que atraviesan a sujetos migrantes y pueblos originarios. Esta
tensión no puede abordarse únicamente desde una perspectiva
contemporánea; exige una lectura que articule los planos sincrónico
y diacrónico. El plano sincrónico permite captar los efectos
subjetivos inmediatos: la pérdida de la lengua materna, la
imposición de códigos ajenos, la dificultad para nombrar la
experiencia propia en un idioma que no aloja. El plano diacrónico,
en cambio, habilita una genealogía crítica que rastrea las
condiciones históricas que han posibilitado esa exclusión:
políticas de asimilación, silenciamientos institucionalizados y
procesos de colonización que han operado sobre las lenguas y los
cuerpos.
Esta
doble perspectiva revela que el sufrimiento psíquico ligado al
lenguaje no es solo efecto de una situación actual, sino
condensación de una violencia epistémica que se reactualiza en cada
acto de habla negado, en cada lengua desautorizada, en cada sujeto
que no encuentra lugar para decirse. En el ámbito clínico, este
desencuentro se manifiesta en la distancia entre la lengua indígena
parental y la lengua de los profesionales. Las lenguas originarias,
descalificadas por la cultura hegemónica y marcadas por una historia
de arrasamiento, son objeto de silenciamiento. En las consultas
terapéuticas, se recogen testimonios que evidencian cómo, al hablar
una lengua "rechazada" -como el quechua, el aymara o el
guaraní- se insinúa que debe ocultarse o abandonarse.
Desde
el psicoanálisis, y en diálogo con la noción de segregación,
estos fenómenos pueden leerse como efectos de un mandato social
excluyente. Cevasco y Zafiropoulos (2021) retoman la categoría
freudiana del "narcisismo de las pequeñas diferencias",
resignificándola como matriz estructural de los dispositivos de
segregación contemporáneos. Esta lógica no se limita a la
exclusión lingüística, sino que se inscribe en una economía del
goce que expulsa la alteridad, patologiza la diferencia y produce
subjetividades desautorizadas.
La
experiencia migratoria conmueve marcas significantes ligadas a la
lengua, la tierra y la cultura -vectores de inscripción del goce y
la identidad-, alterando las coordenadas pulsionales y las
identificaciones primarias. Este trastocamiento roza el umbral de lo
traumático. Weinstock (2022) describe la migración como un proceso
"aterrador", en tanto deja al sujeto "a-terrado", desprovisto
de suelo simbólico. Esta imagen condensa la pérdida de la lengua
como pérdida de mundo, y permite pensar el sufrimiento migrante no
como déficit individual, sino como efecto de una violencia
estructural que despoja al sujeto de sus condiciones de enunciación.
Lengua
impuesta, borramiento simbólico y violencia epistémica
Las
elaboraciones teóricas desarrolladas hasta aquí permiten articular
una reflexión sobre la subjetividad en su eje diacrónico,
especialmente en relación con el tratamiento de la lengua en
contextos de imposición cultural. El encuentro clínico con
poblaciones originarias que conservan lenguas ancestrales -como el
quechua, el aimara o el guaraní- activa simultáneamente el plano
sincrónico del síntoma y las tensiones entre lo íntimo y lo
extraño. Es sobre estas lenguas que la segregación lingüística
opera con mayor violencia, al inscribir en ellas una historia de
arrasamiento y deslegitimación.
Vasallo
(2005) afirma que la lengua, como el deseo, es indestructible:
incluso cuando ha sido arrasada, persiste como resistencia
subterránea. La colonización no solo impuso nuevas lenguas, sino
que instauró formas de alienación subjetiva. Fanon (1952) describe
la violencia simbólica ejercida sobre los sujetos colonizados,
obligados a forzar su habla para adaptarse a un modelo racializado de
identidad. Esta dinámica se reactualiza en el esfuerzo de migrantes
de Bolivia, Perú y Paraguay -entre otros- por borrar sus marcas
de origen para insertarse, lo que plantea interrogantes sobre aquello
que se decide no transmitir a las generaciones siguientes. El
borramiento de las lenguas originarias se convierte en estrategia de
supervivencia frente a la presión por pertenecer.
En
instituciones de salud y educación, el uso de categorías
diagnósticas como "trastorno" o "retraso" activa circuitos
burocráticos que modelan subjetividad y dificultan la inscripción
singular. El saber médico y técnico, legitimado por la ciencia,
impone un orden homogéneo y moralizante, donde el "hablar bien"
se erige como parámetro de normalidad, y su desvío como signo de
anormalidad. En este contexto, la ciencia opera como instrumento de
universalización: prescribe modos de ser, sentir y hablar,
excluyendo saberes otros. Las matrices simbólicas propias de las
culturas originarias son desautorizadas, eliminando sus posibilidades
de existencia legítima. La tarea de "reeducar" se realiza desde
un modelo funcional y moralizador, donde el profesional técnico
sanciona, clasifica y prescribe. Esta lógica reproduce formas de
violencia epistémica que se traducen en intervenciones sobre las
infancias migrantes e indígenas bajo el supuesto de corrección.
Si
bien la lengua materna puede ser objeto de represión, y el exilio
suele acompañarla, toda lengua impuesta reprime a otra de forma
fallida, y sufre infiltraciones que revelan el retorno de lo
reprimido (Jinkis, 2013). Niños y niñas revelan en su habla -o en
su mutismo- los efectos de este silenciamiento. Vasallo (2005) se
pregunta qué ocurre cuando la lengua autóctona es reemplazada por
la lengua del colonizador incorporada en el inconsciente: ¿qué
saberes culturales se pierden en ese acto de sustitución por el
saber de la ciencia?
El
eco de los padres, el peso de los diagnósticos y la reiteración de
rótulos estigmatizantes instauran identidades marcadas por la
exclusión. Frente a ello, el psicoanálisis permite interrogar los
efectos desubjetivantes de las prácticas clasificatorias que
clausuran toda posibilidad de elaboración simbólica del síntoma.
La segregación, como operación que elimina la diferencia, borra la
singularidad y normativiza el goce bajo modelos universales,
impidiendo que el sujeto se diga en sus propios términos.
Si
bien el diagnóstico en salud mental constituye una herramienta
ineludible para la orientación clínica, la relación entre sus
fundamentos, el sistema nosológico y el diagnóstico diferencial
requiere una mirada crítica que desnaturalice los eslabones que
articulan estos niveles. Tal como advierte Bareiro (2017), las
consecuencias morales, subjetivas y sociales que se derivan de esta
cadena pueden conducir a procesos de estigmatización,
discriminación, aislamiento o incluso pérdida de libertad
individual. En este marco, categorías como "trastorno" o
"retraso" quedan del lado del "mal", mientras que el "hablar
bien" se convierte en atributo moral, legitimado por un discurso
técnico que prescribe modos "normales" de ser y de hablar.
Vallejos
(2009) señala que esta construcción discursiva de la normalidad se
produce en consonancia con la emergencia de los conceptos de cuerpo y
población, en el marco de una racionalidad biopolítica. Así como
se instituye una idea hegemónica de cuerpo saludable, también se
impone una noción normativa del habla, que excluye las formas
lingüísticas no homologadas por el saber médico y técnico. Esta
lógica produce subjetividades clasificadas, sancionadas y
corregidas, dificultando la inscripción singular y la elaboración
simbólica del síntoma.
El
abordaje crítico de estas prácticas exige interrogar las
formaciones académicas y los dispositivos institucionales desde una
perspectiva decolonial. Talak (2022) destaca que los enfoques
decoloniales en psicología, aunque diversos, comparten la vocación
de pensar las incidencias subjetivas de las desigualdades
estructurales heredadas de la colonialidad. Las migraciones
-voluntarias o forzadas- implican desplazamientos que
desestabilizan referencias identitarias y exponen a las personas a
contextos de discriminación sistemática. Las barreras lingüísticas,
económicas y culturales dificultan el acceso a servicios adecuados,
agravando los efectos psíquicos del desarraigo. La exclusión
estructural restringe derechos y perpetúa modelos de atención que
no contemplan las experiencias singulares de quienes migran.
Frente
a este escenario, resulta urgente que los sistemas de salud
incorporen enfoques interculturales que reconozcan las historias,
lenguas y trayectorias de los migrantes, garantizando espacios
terapéuticos libres de estigmatización, orientados a la justicia
social y la protección integral. Desde una perspectiva bioética, la
exclusión de la lengua indígena puede ser leída como una forma de
violencia estructural que exige una respuesta ética situada. La
Bioética de Protección (Schramm & Kottow, 2005) ofrece
herramientas para pensar intervenciones que reconozcan la
singularidad del sujeto y su derecho a inscribir su lengua, su
cultura y su historia en los espacios institucionales.
Esta
bioética no se orienta desde la beneficencia abstracta, sino desde
el reconocimiento activo de la vulnerabilidad cultural y lingüística,
proponiendo prácticas que restituyan el derecho a la palabra y
habiliten el decir como acto de existencia. Este aporte será
desarrollado en el apartado siguiente.
Bioética
de Protección: ética situada frente a la exclusión lingüística
La
Bioética de Protección, desarrollada por Schramm y Kottow, se
propone como un marco ético orientado a intervenir en conflictos de
salud pública y en la investigación con seres humanos, con foco en
la defensa activa de individuos y comunidades en situación de
vulnerabilidad. En este enfoque, se define como "vulnerables" a
quienes, debido a desigualdades estructurales, carecen de los
recursos necesarios para enfrentar el desamparo; y como
"susceptibles" o "vulnerables secundarios" a quienes ven
comprometida su capacidad de ejercer sus potencialidades para una
vida digna (Ribeiro & Possamai, 2022).
La
vulnerabilidad, en este marco, no se concibe como debilidad a
superar, sino como condición ontológica que exige una respuesta
ética situada. Esta perspectiva se nutre de la ética del cuidado
(Gilligan, Tronto), pero la amplía al incorporar dimensiones de
justicia social, hospitalidad y reparación. Integra aportes de
Levinas, cuya ética de la alteridad plantea que el rostro del otro
convoca a responder, y de Ricoeur, que articula la responsabilidad
con la justicia institucional. En este sentido, se distancia del
Principialismo clásico de Beauchamp y Childress, al cuestionar su
insuficiencia para responder a realidades marcadas por la desigualdad
y la desposesión simbólica. A través de los principios de
gratuidad, vinculación y cobertura de las necesidades esenciales,
este modelo desplaza el eje tradicional de la autonomía individual
hacia una ética centrada en la vulnerabilidad, la responsabilidad
relacional y la justicia epistémica. Su emergencia responde a la
necesidad de abordar dilemas éticos en contextos donde el sujeto no
puede ejercer plenamente su autonomía, como ocurre en situaciones de
migración forzada, pobreza extrema, enfermedad mental o exclusión
lingüística. Según Schramm, "la protección debe entenderse como
principio bioético orientado a garantizar condiciones mínimas de
existencia digna, especialmente cuando el sujeto se encuentra en
situación de susceptibilidad o vulneración estructural" (1969:
25).
En
el ámbito de la salud pública, este enfoque exige que las políticas
sanitarias se funden en una evaluación ética situada, basada en el
consenso sobre necesidades prioritarias, la razonabilidad de las
intervenciones y la irrevocabilidad de las medidas una vez
implementadas. Su aplicación resulta especialmente pertinente en
escenarios de vulnerabilidad lingüística, donde poblaciones
migrantes e indígenas enfrentan exclusiones históricas y
contemporáneas. Reconocer sus lenguas como portadoras de
subjetividad y cultura implica responder éticamente a las violencias
del silenciamiento y la suplantación.
Este
modelo permite delinear intervenciones que no sólo atienden
necesidades sanitarias, sino que promueven el respeto por la
diversidad simbólica y lingüística como condición para una
autonomía plena. No busca reemplazar otros paradigmas, sino ampliar
el campo bioético hacia una ética del cuidado situada, relacional y
comprometida con la reparación de injusticias históricas. Su
potencia radica en la capacidad de articular vulnerabilidad y
resistencia, protección y agencia, ética y política.
Conclusiones
La
segregación lingüística en contextos migratorios e indígenas
constituye una forma estructural de violencia simbólica que incide
directamente en la constitución subjetiva, el acceso a derechos y la
posibilidad de elaboración psíquica. El síntoma, en este marco, se
revela como expresión singular de una fractura entre el ser y el
decir, entre la lengua que funda y la lengua que excluye.
La
imposición de lenguas dominantes, la patologización del habla no
normativa y el uso acrítico de categorías diagnósticas reproducen
lógicas clasificatorias que deslegitiman saberes ancestrales, borran
marcas identitarias y obstaculizan el derecho a la palabra. Frente a
ello, se propone una clínica psicoanalítica intercultural que
habilite la emergencia de lo excluido, reconociendo en las lenguas
indígenas no una falla, sino una forma legítima de resistencia
simbólica.
La
Bioética de Protección se presenta como un marco ético alternativo
para intervenir en estos escenarios, desplazando el eje de la
autonomía abstracta hacia una ética situada, relacional y
comprometida con la reparación de injusticias históricas. Su
potencia radica en articular vulnerabilidad y agencia, hospitalidad y
justicia epistémica, proponiendo prácticas que restituyan el
derecho a decir en la lengua propia como acto de existencia.
Este
enfoque invita a repensar los dispositivos clínicos, educativos y
sociales desde una ética del cuidado que reconozca la pluralidad
simbólica como condición para una salud mental verdaderamente
inclusiva.
Referencias
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