Introducción
El
objetivo del presente documento es ofrecer orientación e información
a los efectores de equipos de atención primaria en el ámbito
público de la salud mental sobre el grado de evidencia respaldatoria
y modalidades de aplicación del protocolo Unificado de Barlow para
el tratamiento de trastornos emocionales (de aquí en adelante PU) a
efectos de que puedan evaluar su relevancia, aplicabilidad, ventajas,
obstáculos y desafíos de la implementación del PU en sus
dispositivos de atención, acorde a tanto a las características
sociodemográficas de la población como a los recursos disponibles.
El PU es una guía de tratamiento que puede implementarse tanto
grupal como individualmente y ha mostrado desde el año 2010
resultados clínicos muy significativos en el tratamiento de
trastornos emocionales (depresión, ansiedad, TOC y desregulación
emocional). Actualmente, el PU ofrece un tipo de tratamiento
accesible, económico tanto en sus recursos de implementación como
en la formación que requiere su aplicación, abreviado, accesible y
flexible, que puede contribuir a superar satisfactoriamente varias de
las dificultades inherentes a la aplicación de los tratamientos
psicoterapéuticos en atención primaria en salud mental. Finalmente,
se discuten las ventajas y dificultades que fueron reportadas en su
aplicación y se sintetizan los puntos clave del presente trabajo.
Prevalencia
de trastornos emocionales
Los
trastornos emocionales son un gran conjunto de trastornos que poseen
como aspectos comunes la desregulación emocional, la evitación de
experiencias y sensaciones físicas displacenteras y la preocupación
y rumiación en torno a eventos pasados, presentes y futuros en torno
a sí mismo y con respecto a los demás (Cano-Vindel, 2011). Éste es
el grupo de trastornos psicológicos más prevalentes a nivel mundial
y sus dos categorías más grandes son por un lado los trastornos de
ansiedad, entendidos a grandes rasgos como un estado de alerta,
preocupación y excitación. Se trata de respuestas emocionales ante
el peligro percibido, que afectan particularmente aspectos
fisiológicos que indican la excitación e intensidad de los
síntomas, como la activación automática y ciertos aspectos
cognitivos, como pensamientos disfuncionales y exagerados (Etchevers
et al., 2023) y, por otro lado, los trastornos depresivos, entendidos
como sensación continua de tristeza, disminución de la capacidad
para experimentar placer, pensamientos de contenido negativo (ruina,
muerte, fracaso, autocrítica), disminución de la energía,
retraimiento social, alteraciones en la atención, la memoria, el
apetito (típicamente disminuido pero también puede estar
incrementado), el sueño (típicamente insomnio pero puede existir
hipersomnia), disminución de la libido, entre los más frecuentes
(Etchevers et al., 2023).
Actualmente,
si bien en el campo de la salud tanto pública como privada en
Argentina se afronta el desafío de la ausencia de cultura de la
medición y de disponibilidad de información permanente y
actualizada (Budassi et al., 2024), así como de informes
epidemiológicos detallados con acceso público, se cuenta con
evidencia de calidad que permite establecer que a nivel de todo el
país y sobre todo en las provincias con mayor densidad poblacional y
grandes urbes (como la ciudad autónoma de Buenos Aires y AMBA) la
prevalencia e incidencia de trastornos emocionales va en ostensible
aumento, siendo los mayormente afectados los jóvenes y luego de
aproximadamente cinco años desde el final del ASPO (Aislamiento
social preventivo y obligatorio) no se ha vuelto a retomar los
niveles de prevalencia de trastornos pre-pandemia (Etchevers et al.,
2023; Stagnaro et al., 2018; Plan provincial Integral de Salud
Mental, 2022-2027).
En
un estudio (Etchevers et al., 2023) con una muestra estratificada por
región del país de 3141 personas se concluye que:
-El
riesgo de trastorno emocional de la población general es 9,4%,
siendo éste más alto en los participantes de menor edad.
-Los
niveles de sintomatología ansiosa, depresiva y riesgo suicida son
mayores en personas más jóvenes y con un estatus socioeconómico
autopercibido menor.
-El
45% de los participantes presenta alguna alteración del sueño
-EL
51,71% de las personas que no realizan tratamiento psicológico
perciben la necesidad de los mismos e informan no tener acceso.
Por
otro lado, un informe de la OPS en 2018 en Argentina informa que:
-Los
trastornos psicopatológicos, consumo de sustancias y suicidio
explican el 19% de la discapacidad ajustada por años de vida (AVD) y
manifiestan uno de los mayores porcentajes en cuanto a carga de
enfermedad entre los 10 y los 40 años (40%).
Asimismo,
un informe elaborado en el marco del plan Provincial Integral de
Salud Mental establece que:
-En
diciembre de 2019, PBA tenía solo once hospitales generales con
guardia de salud mental, lo que evidencia la escasa disponibilidad de
dispositivos en este nivel de atención y contrasta con el incremento
en la demanda e incidencia de trastornos de Salud mental. Como
consecuencia, muchas personas actualmente deben acudir a hospitales
neuropsiquiátricos y recorrer largas distancias para acceder a una
internación ante riesgo cierto e inminente (Ley 26.657).
El
primer estudio epidemiológico en Argentina en salud mental es
relativamente reciente (Stagnaro et al., 2018) y en una muestra
representativa de 3927 personas encuentra que:
-La
prevalencia de vida de cualquier trastorno mental en la población
general de la Argentina en mayores de 18 años fue de 29,1% y el
riesgo proyectado de vida hasta los 75 años fue de 37,1%.
-Los
trastornos con prevalencia de vida más elevada fueron el Trastorno
depresivo mayor (8,7%), el Trastorno por abuso de alcohol (8,1%) y la
Fobia específica (6,8%). Los Trastornos de ansiedad fueron el grupo
de mayor prevalencia (16,4%).
Del
grupo total que manifiesta un trastorno emocional que puede
clasificarse como de intensidad severa,
sólo un 11,6% recibió tratamiento en los 12 meses previos.
Trastornos
emocionales en atención primaria
Lo
anteriormente mencionado da cuenta no sólo de la elevada prevalencia
de trastornos emocionales en población general y en usuarios/as del
primer nivel de atención, sino de la necesidad de llevar adelante en
los efectores de salud pública una respuesta integral,
interdisciplinaria y con fuerte base en la evidencia, priorizado la
costo-efectividad de los tratamientos psicoterapéuticos en un triple
sentido: i) que los tratamientos sean flexibles en cuanto a su
modalidad de aplicación (dispositivos grupales y/o individuales,
presenciales o remotos), ii) que favorezcan fuertemente la adherencia
terapéutica, autonomía y autoeficacia de los usuarios/as y iii) que
sean tratamientos protocolizados: esto lejos de ser un capricho
metodológico tiene que ver con la una suma de facilidades
ampliamente documentadas tanto para el terapeuta como para el
paciente, que se sintetizan a continuación:
Para
el terapeuta
Formación:
un tratamiento con módulos predeterminados resulta más fácil tanto
de transmitir como de aprender y aplicar por parte de los
psicoterapeutas.
Economía:
la facilidad de su enseñanza y aprendizaje hace que no se requiera
un amplio despliegue de recursos en cuanto a contratación de
expertos en dicho tratamiento ni de tiempos prolongados de formación.
Flexibilidad:
al
contar con módulos predeterminados su aplicación puede planificarse
en modalidad individual (presencial u online) y grupal (presencial u
online) sin sacrificar efectividad y eficacia.
Abordaje
de la comorbilidad: posibilidad
de tratar varios trastornos al mismo tiempo sin sacrificar
efectividad y eficacia.
Desfragmentación
del circuito de salud: posible
menor cantidad de derivaciones, menor solapamiento inter-servicios y
mayor continuidad en el seguimiento, lo que predice mayor adherencia
terapéutica.
Escalabilidad:
Enseñanza
y entrenamiento a varios equipos de psicoterapeutas en simultáneo.
Monitoreo:
Una
característica central de los protocolos de tratamiento es que, por
su naturaleza de encontrarse basados en la evidencia, los indicadores
de avance clínico son fácilmente cuantificables, medibles y
observables. Incluso con indicaciones claras para el manejo y
seguimiento de situaciones urgentes.
Interdisciplinariedad:
ofrece
una base conceptual y metodológica para una mejor coordinación
interdisciplinaria, en los casos donde la hubiere (psicólogos,
psiquiatras, trabajadores sociales, etc.).
Alineamiento
con recomendaciones internacionales: OPS,
OMS, NICE, APA.
Para
el paciente
Transferencia:
el
carácter protocolizado de estos abordajes radica en su componente
fuertemente práctico, donde el paciente (individualmente o junto a
núcleo familiar y/o cohabitante) desarrollará habilidades
específicas y aplicables en la vida cotidiana.
Reducción
del estigma:
el carácter transdiagnóstico evita la identificación al cuadro
psicopatológico y promueve el enfoque en procesos a modificar más
que en un "rótulo" específico.
Autoeficacia
y autonomía:
La consecuencia directa de los dos puntos anteriores es el aumento en
la autoeficacia y autonomía percibida del paciente, aspecto cuya
relación con la motivación y resultados positivos se encuentra
ampliamente documentada (Miller y Rollnick, 2023).
Accesibilidad:
la flexibilidad de los protocolos estandarizados favorece la
accesibilidad del paciente al tratamiento: puede incorporarse en
forma individual, grupal, presencial y en el caso del PU incluso en
forma remota, con el único requisito de disponer de acceso a un
dispositivo con internet.
Desfragmentación
del circuito de salud: Reduce
tiempos de espera, descongestiona los dispositivos de atención
individuales y de consultas para especialistas (ej: autolesiones,
TCA, dx del neurodesarrollo, etc.), promueve la adherencia del
paciente al sistema de salud, evitando profundizar la saturación del
mismo debido al carácter grupal y transdiagnóstico de este tipo de
protocolos.
Criterios
categoriales y criterios dimensionales
El
surgimiento de las TCC (terapias cognitivo-conductuales) coincide con
la entrada en auge del sistema clasificatorio categorial de los
trastornos psicológicos, que a principio y mediados de la década
del 80 había cristalizado en el conocido Manual Diagnóstico y
Estadístico de los Trastornos Mentales en su tercera versión
(DSM-III y DSM III-TR) (APA, 1980). Con significativas mejoras con
respecto a su antecesor, el DSM III continúa con la lógica
categorial donde se estipula que un diagnóstico se establece a
partir de una colección de criterios mínimos a cumplirse. Si bien
ésto fue un ostensible avance en cuanto al conocimiento de los
fenómenos psicopatológicos y ha contribuido enormemente al
desarrollo de las intervenciones basadas en la evidencia, el DSM IV y
DSM IV-TR no han presentado mejoras sustanciales con respecto al DSM
III, cuestión que se acentúa luego de la publicación del DSM V
(APA, 2013). Las expectativas de ésta última edición se han visto
frustradas al observar que, luego de 20 años de ostensibles
inversiones en investigación, no se observaban cambios notables
desde la publicación del DSM IV en 1994.
Muchos
expertos han establecido que la disminución de los criterios a
cumplir para cumplir con un diagnóstico psicopatológico en el DSM V
llevaría a una "inflación diagnóstica" (Frances, 2014) que no
refleja fielmente la prevalencia de trastornos mentales en las
poblaciones y difícilmente se traduce en acceso a mejores
tratamientos. La última actualización del manual ha ocurrido en
marzo de 2022 con la publicación del DSM-V-TR no subsana la crisis
que se ha abierto desde la salida del DSM V hace 12 años, sino que
acentúa la necesidad de establecer alternativas al sistema
categorial.
Tales
alternativas existen y han surgido de líneas de investigación
diferentes:
Manual
de diagnósticos psicodinámicos operacionalizados OPD:
la OPD task Force (2007) ha dirigido esfuerzos en investigación que
han cristalizado en un sistema diagnóstico multiaxial que logra
operacionalizar con éxito los principales constructos de las
psicoterapias psicodinámicas modernas a lo largo de 5 ejes bien
diferenciados que guían la formulación del caso y la intervención
del mismo.
Criterios
de dominios de investigación (Research Domain Criteria, RDoC):
el criterio dimensional como contrapuesto a los sistemas categoriales
es la principal propuesta de Insel et al., (2010) al establecer que,
en la investigación en psicopatología clínica, un acercamiento
dimensional más amplio que categorías dicotómicas (ej: "el
sujeto cumple o no con los criterios de depresión mayor") ofrece
mejores resultados y permite llegar a un conocimiento más refinado.
Este paradigma no está basado en la aplicación clínica sino en la
investigación y se basan en una visión neurobiológica de los
trastornos mentales, desarrollando una matriz de diferentes niveles
de análisis, desde el molecular hasta el neuropsicológico, aunque
sin incluir los niveles culturales o sociales (Celleri et al., 2025).
Dentro
del campo de las terapias cognitivo-conductuales, en las últimas
décadas han proliferado los enfoques transdiagnósticos. Este
desarrollo se sustenta en una evidencia creciente de que muchos
trastornos comparten un conjunto de procesos patológicos que son más
similares que diferentes entre sí. En consecuencia, estos modelos
proponen intervenir sobre dichos procesos comunes (como la
desregulación emocional, el afecto negativo, la evitación
experiencial o las creencias disfuncionales) con el propósito de
lograr cambios transversales y más perdurables que los obtenidos al
centrarse exclusivamente en las particularidades de un único
diagnóstico. La relevancia de esta perspectiva se acentúa al ver
que en la práctica clínica los pacientes rara vez presentan un
cuadro "puro": como es sabido, la comorbilidad es la norma más
que la excepción. A su vez, incluso dentro de categorías
diagnósticas bien definidas como depresión, múltiples estudios han
demostrado la ausencia de perfiles sintomatológicos claramente
diferenciables (Torrente et al., 2017), lo cuál sitúa al clínico
frente a ostensibles desafíos en cuanto a la formulación del caso,
la jerarquización de intervenciones y el monitoreo de resultados.
Todos éstos aspectos se ven satisfactoriamente integrados en la
perspectiva transdiagnóstica, que propone que el mejor beneficio
será el resultante del abordaje de los procesos que los diferentes
cuadros tienen "en común", y no en el abordaje de las categorías
diagnósticas específicas en forma aislada.
Por
ejemplo, en un caso donde según el criterio categorial el paciente
adulto cumple con multidiagnóstico: episodio depresivo mayor
(296.21;
6A70),
trastorno de ansiedad no especificado (F41.9;6B00.Z),
trastorno de insomnio (F51.01;
7A00)
y TOC
(F42; 6B20)
una perspectiva transdiagnóstica o basada en procesos (Hayes y
Hoffman, 2018; 2020) sugeriría que el abordaje de la evitación
experiencial, la rumiación y la regulación emocional como procesos
comunes ofrecerá mejores resultados que el abordaje específico y
secuencial para cada trastorno específico.
Algunas
de las perspectivas transdiagnósticas en el campo de las TCC que han
resultado en programas de tratamiento con efectividad ampliamente
demostrada son:
Red
causal compleja en psicopatología:
Borsoom y Cramer (2013), Borsoom (2017) y Van Bokulo et al., (2015)
han centrado esfuerzos en investigación con resultados notables en
la identificación de la existencia de una relación reticular entre
síntomas (una red interconectada de síntomas donde la activación
de algunos síntomas nucleares lleva a la activación de otros
síntomas secundarios o periféricos, mientras que otros permanecen
"apagados" o inactivos) llegando a importantes hallazgos con
poder heurístico sobre la explicación de cómo comienza, se
mantiene y se extingue un cuadro psicopatológico y explicando
también la forma en que aspectos resilientes influyen
significativamente en la red causal de síntomas.
La
terapias de tercera ola
(Hayes, 2004) se fundamentan en principios trasndiagnósticos: la
terapia de aceptación y compromiso (ACT) (Hayes, 1999; Hayes y
Hofmann, 2018) que es la más representativa de ésta corriente, se
basa en una serie de procesos de cambios transversales a todos los
diagnósticos psicopatológicos donde se promueve la flexibilidad
cognitiva (hexaflex)
a través de la modificación de procesos específicos comunes y
presentes en los cuadros que los criterios categoriales clasifican
como "trastornos emocionales" (APA 1994, 2013, 2022).
El
enfoque transdiagnóstico para los trastornos emocionales de David
Barlow
y
colaboradores resulta actualmente uno de los exponentes más notables
y difundidos con respecto a los tratamientos transdiagnósticos en
salud mental. Desde el año 2000 en la Universidad de Boston se han
realizado múltiples esfuerzos dirigidos a la identificación de los
procesos mórbidos comunes en los trastornos emocionales (ansiedad,
depresión, desregulación emocional y TOC), cuyos resultados se
sintetizan inicialmente en Barlow, Allen y Choate, (2004) donde los
autores transmiten la posibilidad de llevar adelante una psicoterapia
manualizada, aplicable, flexible y basada en la evidencia basándose
en un modelo funcional de las emociones, que augura resultados
clínicamente significativos en el tratamiento de las comorbilidades
en el campo de los trastornos emocionales. Ésta fue la piedra
angular de la que luego se desarrollaría el Protocolo Unificado de
Barlow para los trastornos emocionales tal como se conoce
actualmente, donde se propone, unificando las técnicas con mejor
evidencia de los modelos basados en procesos y las TCC, identificar y
trabajar sobre tres procesos: i) modificar la evaluación cognitiva
ii) prevenir la evitación emocional y iii) facilitar las conductas
no asociadas con la emoción (Celleri et al., 2025).
Protocolo
Unificado de para el tratamiento de trastornos emocionales
El
PU consiste en ocho módulos o "capítulos" que, si bien constan
de una sesión de 50 minutos a una hora cada uno, ofrece la
flexibilidad de extender la cantidad de sesiones por módulo acorde a
las necesidades y características del/los participantes. Cada uno de
los módulos conlleva tareas intersesión con autorregistros
(materiales) cuyos resultados se revisan en sesión junto con el/los
pacientes y el orden de los módulos expresa la lógica general de
cualquier tratamiento basado en la evidencia: una etapa de evaluación
y análisis funcional, una etapa de devolución, establecimiento de
objetivos y aumento de motivación y adherencia, el tratamiento
propiamente dicho y finalmente la consolidación de resultados y
prevención de recaídas a futuro. Se ofrece un vistazo sintético
del contenido de cada módulo {ver tabla 1}.
¿Hay
evidencia que permita sugerir al Protocolo Unificado como tratamiento
aplicable a trastornos emocionales en la atención primaria?
Si
bien el PU goza de consenso internacional y es ampliamente aplicado
en múltiples instituciones de salud públicas y privadas, el estado
actual de los resultados del PU en la Argentina y la confiabilidad de
su implementación en los dispositivos de abordaje de atención
primaria en salud mental en Argentina no es uniforme {ver tabla 2}.
La
revisión de la literatura en la aplicación del PU en Argentina
permite observar lo siguiente:
-A
la fecha de elaboración de este documento se encuentran publicados 5
trabajos completos (2 de ellos estudios controlados) que evalúan los
resultados del PU en pacientes argentinos (N =47), todos ellos
adultos, mayores de edad y residentes de la Provincia de Buenos Aires
o CABA, balanceados en género (χ2=.21, p=0.06), edad (p=0.67) y
nivel educativo (p=0.54).
-El
año de publicación promedio de estos trabajos es 2022.
En
la totalidad de los ensayos se han obtenido tamaños de efecto muy
elevados (.48 en adelante, promedio=.71) y diferencias
estadísticamente significativas en la medición postratamiento
(p<0.001) en mediciones estandarizadas para: depresión,
ansiedad generalizada, TOC, afecto negativo, desregulación emocional
y correlaciones positivas con bienestar vital, afecto positivo y
conciencia emocional plena.
El
promedio de duración del tratamiento ha sido 3 meses, con una media
de 11,5 sesiones semanales de una hora de duración. En todos los
casos la aplicación del tratamiento fue grupal {ver tabla 3}.
La
interpretación crítica de los resultados permite concluir que:
-La
investigación y aplicación del PU en Argentina resulta claramente
incipiente y no es un tratamiento ampliamente difundido y
establecido.
-Una
muestra de 47 pacientes es muy reducida para recomendar con seguridad
cualquier tratamiento y resultan necesarios más estudios
controlados, con una muestra más grande y representación de grupos
sociodemográficos más diversos (residentes por fuera de CABA o
Provincia de Buenos Aires).
-La
cantidad de estudios controlados a nivel nacional resulta muy
reducido (N=2), aún para los criterios más flexibles (Cujipers,
2019).
-Sin
embargo, es destacable que en la totalidad de estos estudios se
reportan tamaños del efecto muy elevados (ÃŽ"
de Cliff promedio=.71),
que brindan alguna seguridad en torno al grado de generalización de
los resultados alcanzados.
-También
es notable el hecho de haber obtenido resultados significativos no
sólo en dispositivos grupales sino también a través de
intervenciones grupales telemedidas, lo cual combina un aparente
elevado grado de generalización con una aplicabilidad y
accesibilidad notablemente elevadas.
-Por
la naturaleza del tratamiento, la evidencia a nivel nacional replica
lo encontrado a nivel internacional con respecto al PU: se satisfacen
ampliamente los criterios de aplicabilidad, costo-efectividad,
manualización, replicabilidad y la posibilidad de seguir y medir en
forma clara los resultados.
Conclusiones
En
síntesis, el riesgo relativo a la ausencia de un mayor número de
estudios controlados y el carácter incipiente de la aplicación del
PU en el país se ve atenuado por la potencia estadística de los
resultados obtenidos, su muy elevada aplicabilidad (fácilmente
aplicable en formatos grupales donde la deserción parece haber sido
muy reducida), accesibilidad (es posible aplicarlo de forma
individual, grupal, presencial y online, y en todos los casos se ha
llegado a resultados significativos), flexibilidad (pueden ampliarse
la duración de los módulos o modificar ligeramente su orden en
función de las necesidades del/los pacientes sin que ello afecte
negativamente los beneficios clínicos postratamiento) y su carácter
económico (al aplicarse en forma grupal se eficientizan los recursos
disponibles, no es necesario certificación ni formación de
especialistas para su aplicación, la formación en el PU resulta
rápida y costo-efectiva debido al carácter transdiagnóstico del
tratamiento y a que se adapta a cualquier estilo terapéutico del
psicoterapeuta (Fernández Álvarez y García, 1999).
La
evidencia de resultados clínicos que reporta el PU en un plazo
comparativamente breve de tiempo y la adaptabilidad de su
implementación, sumados a la situación ostensiblemente crítica de
salud mental en Argentina y PBA y la alta prevalencia de trastornos
emocionales llevan a la conclusión de que es razonable recomendar la
implementación local del PU en atención primaria.
Estudios
extranjeros sugieren que el impacto de una situación de salud mental
como la presente puede poseer un costo total del 3,5% del PBI (OECD,
2020) y que en 2030 la depresión pueda consolidarse como la primera
causa de discapacidad en edad laboral (OMS, 2020). Además, se estima
que las pérdidas en tratamientos sostenidos que no producen cambios
significativos sumado a la presencia de comorbilidades y recurrencias
no tratadas acarreará en los próximos años un gasto sanitario
público de 7,3 billones de dólares en la región de Latinoamérica
si todo sigue igual (PAHO, 2025). Partiendo desde la base de que uno
de los efectos más notables pero menos evaluados y medidos a nivel
local y regional (Giménez, 2012) es el impacto socioeconómico que
tiene la situación de salud mental actual en el tejido social de
Argentina y fundamentalmente en las grandes urbes, cuyo correlato
último es la reducción de la productividad acompañada de un
menoscabo en la actividad económica y el consumo acompañados de un
incremento en el desempleo y que por otro lado el acceso a los
tratamientos con mejor fundamento empírico es un derecho consagrado
en la Ley de Salud Mental 26.657 y en nuestro Código de Ética de la
Federación de Psicólogos de la República Argentina, se deriva de
forma lógica la responsabilidad inexcusable que tenemos los
profesionales de la implementación de tratamientos que resulten
accesibles, flexibles, económicos, aplicables, sensibles a las
necesidades actuales de la comunidad donde nos encontramos insertos y
que cuenten con respaldo demostrado de sus resultados clínicos. La
evidencia recabada en el presente documento indica que el PU
satisface con creces los aspectos anteriormente nombrados,
constituyendo una alternativa muy promisoria para la mejoría de la
salud mental de las comunidades que atraviesan trastornos
emocionales, a las que como profesionales debemos nuestra labor.
Se
considera la recomendación de la implementación del presente
protocolo como alineada con el espíritu de lo establecido en el Plan
Provincial de Salud Mental Integral 2022-2027, especialmente donde
reza:
"Avanzar
en la garantía de (...) intervenciones clínicas implica el
desencadenamiento de procesos de trabajo hacia el interior de los
hospitales generales en torno a sus obligaciones primarias y su
modelo de atención, que impactan en la planificación estratégica
de ingreso de recursos humanos, adecuación edilicia, procesos
formativos para el conjunto de las y los trabajadores, (...) así
como la jerarquización de los servicios. En última instancia, no es
(...) sino un cambio de cultura institucional y del lugar de la salud
mental en el sistema de salud que requiere ser trabajado en
diferentes dimensiones".
Resumen
para decisores en salud, equipos y coordinadores del primer nivel
Con
respecto al actual estado de salud mental en Argentina
-Si
bien los estudios son escasos, la prevalencia de trastornos
emocionales en adultos en población general es del 29,1% y se
proyecta que puede llegar a ser del 37,1%.
-Los
jóvenes y población perteneciente a nivel socioeconómico bajo y
medio-bajo son los más afectados.
-Más
de la mitad de las personas encuestadas en los tres estudios citados
transmitieron su deseo de comenzar o retomar tratamiento, pero han
informado no tener acceso (no lograr acceder a turnos del sistema de
salud público o dificultades económicas).
-Esta
tendencia nacional se replica en PBA, lo cual implica un notable
menoscabo en el tejido social y productividad laboral y económica de
la población en edad laboral. El único estudio encontrado estima
una afección de entre 2 y 3,5 puntos del PBI.
-De
todas las consultas registradas de las que hay datos y de los escasos
estudios epidemiológicos, se desprende que la gran mayoría del
padecimiento en salud mental está explicado predominantemente por
trastornos emocionales.
Con
respecto a la atención primaria
-La
ley Nacional de Salud Mental 26.657, Ley Nacional 27.130 y las Leyes
Provinciales 14.580 y 10.315 establecen la necesidad de garantizar el
acceso a la evaluación, tratamiento y seguimiento de más alta
calidad en Salud Mental a todos los habitantes.
-No
obstante, en el subsistema público se cuenta con ostensibles
dificultades en cuanto a la cumplimentación efectiva de tales
prestaciones, dentro de las cuáles resultan las más renombradas: la
saturación de servicios por sobredemanda, elevada comorbilidad y
gravedad sintomatológica, ineficiencia en cuanto al procedimiento de
asignación de turnos, número acotado de profesionales, escasos
recursos formativos, escasez de recursos edilicios, procedimientos
administrativos, ausencia de protocolización de procedimientos.
Con
respecto al Protocolo Unificado
-La
implementación del PU aparece como oportunidad de innovación
inédita en tratamientos de salud mental en el ámbito público por
varios motivos:
-APLICABILIDAD:
al ser un tratamiento protocolizado, resulta no sólo fácil de
enseñar a los psicoterapeutas sino altamente aplicable, sin
necesidad de especialización ni certificación.
-FLEXIBILIDAD:
al estar probado en su aplicación a grupos de participantes, se
eficientizar los recursos edilicios, humanos y en cuanto a tiempo.
Sumado a lo anterior, este aspecto hace del PU un tratamiento muy
aceptable en términos de costo-efecto.
-CARÁCTER
TRANSDIAGNÓSTICO: al ser diseñado para tratar los procesos
centrales comunes a todos los trastornos emocionales (por
eso se llama unificado),
ofrece la posibilidad de abordar de forma muy efectiva la
comorbilidad, es decir, ofrece la chance de tratar varios trastornos
a la vez a través de un único tratamiento.
-DURACIÓN:
la evidencia indica que el PU no sólo resulta fácilmente aplicable
en grupos (lo que eficientiza los recursos), que es fácilmente
transmisible (no se requiere personal especializado ni
certificaciones especiales) y que permite tratar la comorbilidad
(varios diagnósticos en un único tratamiento unificado) sino que
parece tener resultados clínicamente significativos en corto período
de tiempo, lo cual contribuyente a reducir ostensible y
eficientemente el costo socioeconómico de la actual situación de
salud mental.
-SEGURIDAD:
Al ser un protocolo de tratamiento basado en la evidencia, se
encuentra respaldado por múltiples estudios aleatorizados y
controlados que ofrecen evidencia de su funcionamiento en la
reducción del malestar sintomático y el aumento asociado en la
calidad de vida. La evidencia en el extranjero es muy favorable, de
modo que es un tratamiento de primera línea ampliamente usado en el
subsistema público. La evidencia en nuestro país aún es
incipiente, aunque con una tendencia favorable.
-LIMITACIONES
DEL PU: el PU no está testeado aún en poblaciones que padecen
cuadros graves como trastornos de personalidad graves o psicosis, lo
que hace desaconsejar su uso en este tipo de diagnósticos, que
resultan muy prevalentes en las consultas del primer nivel de
atención. Lo mismo en situaciones de adicciones o politoxicomanías.
Un criterio de exclusión es la presencia de ideación suicida
activa, que en tal caso lleva a aconsejar otro tipo de tratamientos y
no el PU. Por último, aún no ha sido testeado ampliamente en
población infantojuvenil.
-OPORTUNIDADES
DE APLICACIÓN DEL PU: el entrenamiento de psicoterapeutas en el PU y
su eventual implementación conlleva un desafío notable para los
servicios de salud mental del primer nivel en múltiples aspectos y
tal proceso no está exento de barreras y dificultades, considerando
aún los enormes esfuerzos asistenciales que se encuentran llevando
adelante los quipos de Salud Mental.
Sin
embargo, tales esfuerzos se verían optimizados por la aplicación de
un protocolo de tratamiento con las características anteriormente
nombradas. La evidencia indica que el esfuerzo en el entrenamiento y
evaluación de la aplicabilidad de este tratamiento en diferentes
servicios cristalizará en una práctica con notables resultados para
los usuarios y un beneficio ostensible en el tejido social,
optimizando y eficientizando a la vez los recursos sanitarios
disponibles.
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